Vivir entre plantas, animales, cielos cambiantes y ciclos visibles moldea la forma en que miro y trabajo. No como algo ajeno que se observa a distancia, sino como una experiencia compartida, cotidiana, de la que también formo parte.
Durante mucho tiempo dudé si llevar estos elementos a mi obra. No por falta de interés, sino porque sentía que nada podía igualar lo que ya estaba ahí. Con el tiempo entendí que no se trata de representar ni de copiar, sino de responder: traducir en pintura una forma de estar atenta a lo que me rodea.
La relación con lo vivo no es solo visual. Es corporal, sensible, a veces silenciosa. Detenerse frente a una planta, un animal o un paisaje implica un vínculo que va más allá de la observación. En mi trabajo, busco captar esa experiencia: una atmósfera, un ritmo, una emoción que surge del encuentro.
El color aparece como un lenguaje central. No responde únicamente a lo que veo, sino a cómo eso me afecta. Tonos, gestos y texturas se convierten en una manera de expresar estados, climas internos que dialogan con el entorno que habito.
Trabajar desde este lugar es aceptar la complejidad de lo vivo sin idealizarla. Entender que formo parte de ese entramado y que la pintura puede ser un espacio para observar, reinterpretar y volver a mirar con atención.
Convivir con lo vivo es, en definitiva, una práctica de presencia. Una forma de afinar la percepción y de sostener una relación más consciente con el mundo que compartimos.
Gracias por leer. ¡Espero que este artículo te haya inspirado! Hasta la próxima. iara